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September 27, 2021

Fútbol

Tres concepciones filosóficas del fútbol: La concepción platónica

By Marc Masats i Riera.

Este artículo culmina la serie de tres entregas sobre filosofía y fútbol. Del mismo modo que los dos artículos anteriores podrían parecer correlativos temporalmente, éste presenta una perspectiva que ha convivido con las dos posteriores. A pesar de estar siempre influenciado por la perspectiva imperante en cada momento, la llamada concepción platónica del fútbol ha tenido grandes exponentes a lo largo tiempo, manteniendo su esencia más romántica.

Hablaremos de cuál es el papel de las ideas en el fútbol, de qué importancia tiene la belleza del juego e incluso nos plantearemos si existe un alma de futbolista.

Al igual que los grandes corrientes filosóficos la concepción presentada a continuación se transmite de maestros a discípulos. Como todos saben, el maestro de Pep Guardiola fue Johan Cruyff el personaje que para definirse a sí mismo ironizaba diciendo: “Soy un poco extraño. Un profesional idealista, así es como lo han de ver”. Este idealismo se concreta en otra de sus citas: “En fútbol siempre se debe jugar de manera atractiva, se debe jugar de forma ofensiva, debe resultar un espectáculo”.

Por lo tanto, podemos considerar que el rasgo diferencial de esta visión es que a diferencia de la nihilista acepta que existe la verdad, y esta se encuentra en la belleza del juego. Que exista la verdad no implica que exista el monopolio del saber, a diferencia de la concepción religiosa. Desde este paradigma se debe entender el juego más como una búsqueda de la belleza que no de la conquista de la victoria a cualquier precio.

Marcelo Bielsa cree que los entrenadores, tienen una responsabilidad respecto a la belleza del juego que promueven. A todos sin excepción se les presenta la obligación de preparar al equipo para alcanzar la victoria. La forma de llegar a esta victoria ha dejado de tener importancia y según Bielsa debería haber un castigo para aquellos que ignoran la parte estética del juego. Lo argumenta diciendo que la gente que ama el fútbol lo ama ya que encuentra la belleza de la que carecen en otros aspectos de su vida. De ahí que le cuesta aceptar que lo único que puede ofrecer a la gente como entrenador sean resultados. No concebir el fútbol como elemento estético conlleva el empeoramiento de la condición humana, ya que la valoración de la estética y la apreciación de la belleza es algo universal y al alcance de todo el mundo, según Bielsa.

En el mundo actual ya no hay un interés por la verdad ya que ésta suele ser incómoda. Especialmente la verdad sobre nosotros mismos. Pablo Aimar comentó que la suya sería la última generación que mira enteros los partidos de fútbol. En un mundo de “highlights” donde la vía de aproximación de los adultos al deporte son las apuestas, y la de los niños las celebraciones estrafalarias de los jugadores en las redes sociales, la apreciación de la belleza del deporte se ha convertido en una idea olvidada.   

Utilizar el término antisistema para referirnos al comportamiento humano nos transporta directamente a un imaginario de violencia, rebelión y confrontación. La verdad es que el día a día nos regala multitud de actos revolucionarios promovidos desde el amor a las ideas incluso desde la más pura ignorancia de estarlos cometiendo. Hablo de pasear por la ciudad, sin más propósito que el de caminar, o cultivar un huerto en el patio de casa, o hacer el amor con la persona querida. Todos ellos conllevan un cierto esfuerzo sí, pero al mismo tiempo son actos gratuitos, aislados de la dinámica de mercado, son sostenibles, saludables y fundamentales para el empoderamiento personal y la confección de una personalidad fuerte. Auténticas revoluciones en un mundo de facilidades, rendición al marketing, a la rapidez y la obediencia ciega a los resultados. El mismo acto revolucionario ocurría en el Camp Nou, cuando todavía había público, y podía salir del estadio enfadado por el mal juego de su equipo a pesar de haber ganado el partido.

Como se ha comentado en el apartado anterior, el fútbol actual es uno de los motores y espejos de la globalización. Hasta hace unos años se entendía que el seguidor de un equipo lo fuera ya que sentía representada su pueblo o región. Sin embargo, con la ampliación de las retransmisiones deportivas, los clubes de fútbol comenzaron a ser el nexo entre comunidades transnacionales que tenían en común sólo las ganas de ver un equipo vencedor o a grandes jugadores, sin necesidad de estar relacionados con la ciudad ni el país donde el equipo tenía su base. No en contrapartida, pero si como contrapunto, el modelo de propiedad del FC Barcelona podría llegar a ser puesto como ejemplo antiglobalización ya que ha demostrado que la voluntad de un grupo relativamente reducido de socios arraigados en el espacio físico de la entidad determina democráticamente lo qué termina siendo la visión de Club que afecta a más de 300 millones de fans.

Sí Platón hubiera sido entrenador de fútbol se añadiría a la lista de entrenadores idealistas, precisamente porque él es el máximo exponente de esta corriente de pensamiento. Todo el mundo conoce la expresión amor platónico, normalmente utilizada para referirnos a un amor inalcanzable a ser correspondido, tal y como es inalcanzable perseverar en una expresión estética del juego, ya no en el tiempo sino en el transcurso de un mismo partido. Pero el término platónico no hace estricta referencia a lo imposible, sino que representa el sentimiento puro e intenso de amor, hacia alguien, algo o una idea que idealiza y considera poseedora de todas las cualidades.

Para Platón, la realidad la constituyen las ideas y no las cosas materiales. Del mismo modo en la consideración de la táctica en este paradigma entran en juego las intenciones del jugador. El mundo de las ideas es perfecto y estas son individuales e inmutables. Las ideas pero, sólo pueden ser expresadas en el mundo sensible de una forma parcial y las podemos apreciar mediante los sentidos, lo que nos hace entender que las intenciones de un jugador no pueden ser siempre expresadas en plenitud en sus acciones de juego, aunque éstas no dejan de ser el motor que pedido de sus actos.

Los conceptos básicos que fundamentan esta visión son el alma y la inmortalidad de esta, incluso por encima del hecho de la existencia de Dios. El alma, o espíritu, se puede considerar el origen de la vida material, de la sensibilidad y del psiquismo del hombre, y por lo tanto también se podría considerar la fuente donde emana la voluntad de un jugador para expresarse. La tenencia de alma es la condición “sine qua non” para poder participar de una realidad superior. Por lo tanto, en esta concepción del juego el protagonismo no recae en el entrenador ni en el jugador, sino en la participación conjunta de ambos en el ideal superior. Esta verdad metafísica la conforman el amor por el fútbol, ​​la belleza del juego y la valentía para poder alcanzarla. El protagonista del juego es el juego en sí mismo.

Es precisamente esta verdad metafísica la que permite que el hombre se eleve más allá de su realidad material, justamente la que ahora esclaviza el mundo y el fútbol contemporáneo. Es habitual pues que en clubes que institucionalizan esta visión haya jugadores considerados patrimonio de la entidad, ya que en el transcurso de su formación en categorías inferiores estos han podido interiorizar el ideal compartido en el devenir de su alma de futbolista. En contra del beneficio de la dictadura del mercado de fichajes y el poder de los representantes nos encontramos con jugadores que ofrecen un gran rendimiento en su club de origen y que no son capaces de hacerlo en otros, hasta el punto de que muchos ya no son considerados como futuribles para otros equipos a pesar de tener un talento enorme. Esto nos hace pensar que bajo este paradigma no podremos hablar de jugadores buenos ni malos sino simplemente de jugadores idóneos.

Según el filósofo holandés Rob Riemen todo lo que se presenta como cultura, pero sin una expresión de cualidades espirituales eternas, no es cultura sino moda. Es por este motivo que todo lo que no parta de un legado firme corre el riesgo de desaparecer si no ofrece resultados a corto plazo. En contra de esto encontramos, precisamente también en Holanda, otro club con una visión platónica del fútbol. El Ajax de Ámsterdam es una de las escuelas de fútbol más reconocidas y admiradas en todo el mundo. Y la llamamos escuela porque no es sólo un club que compite, como todos, para ganar y conseguir títulos, sino que ha hecho de su método y estilo de juego toda una filosofía e identidad innegociable.

Desde Rinus Michels, Johan Cruyff y Louis Van Gaal como guías referentes, y con una eternidad de jugadores brillantes, Ajax ha defendido un juego atractivo, de riqueza técnica, atrevido, versátil, siempre tomando la iniciativa y con una gran capacidad de los jugadores para intervenir con carácter y calidad. Lo que todo el mundo conoce como “fútbol total”.

Podríamos terminar afirmando que este tipo de clubes, tal vez sin saberlo, se fundamentan en el término alemán Bildung que se refiere a la tradición de cultivarse a sí mismo considerando que la filosofía y la educación están ligadas formando parte del mismo proceso de madurez personal y cultural. Esta madurez se describe como una armonización de la mente y el corazón del individuo, y en la unificación de la individualidad y la identidad dentro de la sociedad. Estos clubes que creen en la educación, huyendo de los resultados inmediatos, deben ser considerados refugios en una sociedad que apuesta por una mentalidad materialista, que cree que todo tiene que ser moderno, fácil y entretenido, y que ha renunciado a la calidad en beneficio de la cantidad.

Hace falta reivindicar que los jugadores son personas y las personas son mucho más que cifras.

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