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17 abril, 2020

MOVERNOS NOS HACE SENTIR MÁS FELICES (1ª PARTE)

Salud y Bienestar

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Es evidente que el movimiento nos hace más felices y nos genera bienestar. De hecho, estamos diseñados para movernos y, por este motivo, moviéndonos expresamos toda una serie de genes de adaptación que son capaces de dar nuestra mejor versión física y mental.

Nuestros antepasados se movían, corrían y saltaban mientras buscaban el alimento o huían del peligro. Por eso es lógico pensar que nuestro músculo y nuestro cerebro están conectados para actuar conjuntamente. Lo hacen a través de unas conexiones llamadas mioquinas que potencian y activan la participación de más neuronas –en un proceso llamado neurogénesis– y su conexión óptima durante la actividad física.

Durante muchos años se pensó que, una vez que madurábamos, el número de nuestras neuronas comenzaba a descender. Hoy sabemos que nuestro cerebro es como un músculo: puede ejercitarse, crece y se modifica cada día. Este apasionante concepto se llama neuroplasticidad y explica que nuestro cerebro es cambiante en cada momento y que cambia en función de estímulos y experiencias vividas.

No olvidemos que el cerebro y su funcionamiento ha sido un gran desconocido durante tiempo. Pero el avance de las neurociencias en los últimos años nos comienza a explicar el gran potencial de adaptabilidad que tiene y la respuesta tan diferente, en función de nuestro estilo de vida.

¿Qué partes del cerebro se activan con el ejercicio?

Hoy en día, a través de técnicas de imagen como la resonancia magnética, somos capaces de conocer qué partes del cerebro se están activando en personas en reposo o tras 20 minutos de ejercicio. Las técnicas de imagen también nos ayudan a saber cómo puede cambiar la expresión de algunos de nuestros genes. Son los llamados cambios epigenéticos que están vinculados, entre otros aspectos, al ejercicio, la dieta, las horas de sueño o la meditación.

En una parte importante de la población cada vez es mayor el interés por un estilo de vida activo y saludable que nos lleve a disfrutar y conocer mejor nuestro cuerpo. Se busca vivir más conscientemente y, para ello, se utilizan estrategias de bienestar físico y mental en el ejercicio, en la alimentación, en la meditación…

Practicar la salutogénesis

De hecho, la tendencia es que cada persona se quiera sentir protagonista y parte activa del cuidado tanto de su salud actual como la de los próximos años de su vida. Es lo que se llama practicar la salutogénesis.

El término salutogénesis fue creado por el médico y sociólogo Aaron Antonovsky a finales del siglo XX. Proviene del latín salus (“salud”) y del griego génesis (“origen”, “creación de”). Puede servirnos para definir los efectos en positivo que generan en nuestro cuerpo ciertos hábitos de vida o incluso pensamientos positivos que refuerzan circuitos cerebrales de bienestar mental y de motivación. El movimiento y el ejercicio son salutogénicos. Pero, además, su práctica regular nos genera positivismo y más ganas de practicar nuevas estrategias de salutogénesis.

El concepto de nuestra salud en general también ha ido cambiando en los últimos años. El más utilizado es de 1948 y lo define como un completo estado de bienestar físico, psíquico y social (y no sólo la ausencia de enfermedad). Desde hace unos años se ha redefinido a un concepto mucho más activo de capacidad de adaptación ante las distintas circunstancias que se van presentando a lo largo de la vida.

Estas circunstancias pueden ser de tipo muy diverso: retos, exigencias o situaciones de estrés que ponen a prueba nuestra capacidad física y mental. El resultado puede ser una saludable capacidad de recuperar el equilibrio y la adaptación durante el máximo de años. O, por el contrario, la no adaptación y la aparición temprana de enfermedades.

¿Qué es la resiliencia?

A través de estrategias bien diseñadas podemos generar individuos más fuertes y mejor adaptados, que se recuperen rápido de las exigencias de distinto tipo, retrasando la aparición de las enfermedades. Es lo que se llama generar resiliencia.

La resiliencia o capacidad de recuperarse rápido de la adversidad comenzó teniendo un carácter o aspecto psicológico. A día de hoy, hablamos también de resiliencia tras el esfuerzo físico, tras un estrés metabólico de una gran comida o tras un problema o adversidad emocional.

La salud activa o salutogénesis requiere de herramientas de resiliencia para nuestro cuerpo y nuestro cerebro, sabiendo hoy en día que hay una constante interacción mutua explicada por mensajeros de información que los conectan para mejorar su rendimiento.

De este modo, la ciencia nos permite medir estas conexiones entre órganos alejados: se ha demostrado que hormonas anabólicas como Igf-1, mioquinas como el BDNF (factor neurotrófico derivado de cerebro) o neurotransmisores como la serotonina aumentan con el ejercicio. Además, modulan el cortisol o parámetros claramente inflamatorios como citoquinas TNF alfa o la interleucina IL-6.

El ejercicio aeróbico mejora la vascularización y oxigenación cerebral y retrasa el deterioro cognitivo, aumentando la reserva cognitiva y el número de neuronas del hipocampo. Además, el ejercicio interválico de alta intensidad (HIT) puede actuar sobre el hipotálamo regulando el apetito y, a su vez, el trabajo de fuerza puede actuar sobre el córtex frontal y la capacidad de razonamiento.

 

El equipo Barça Innovation Hub

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