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7 octubre, 2020

Motivación del jugador ante situaciones difíciles

Rendimiento Deportivo
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Olímpico de Roma. Año 2009. Manchester United y FC Barcelona se preparan para enfrentarse en la final de la Champions League. La emoción está a flor de piel para los integrantes de un equipo azulgrana que se encuentra allí gracias, entre muchos otros momentos, al recordado Iniestazo de Stamford Bridge. Sin embargo, aún quedaría espacio para la épica justo antes de iniciarse ese último encuentro.

Guardiola decidió acortar el calentamiento ante la sorpresa del equipo. Los reunió a todos en el vestuario y les pidió que vieran un vídeo que, con el paso del tiempo, ha acabado haciéndose un lugar en la historia de las finales. A lo largo de esos siete minutos de vídeo, las imágenes de Gladiator se mezclaban con instantes y acciones de cada jugador. Acciones que les habían llevado hasta allí. Y no faltaba nadie. La impresionante banda sonora hizo el resto. Dicen que a algunos jugadores les costó arrancar durante los primeros minutos de encuentro por la emoción que aún les invadía. Pero acabaron arrancando. Y nadie pudo pararlos.

La maestría de Pep Guardiola en la gestión de la psicología de sus jugadores en aquel momento crucial (de Pep y de Santi Padró, encargado de la edición del vídeo) es un ejemplo paradigmático de la importancia de motivar a un jugador ante situaciones difíciles. Un trabajo nada fácil que comprende muchas etapas a distintos niveles. ¿Pero qué entendemos por motivación?

De qué hablamos cuando hablamos de motivación

Hablar de motivación es hacer referencia a lo que moviliza a una persona para mantenerse activa e interesada por un fin determinado. En el caso de un deportista, ese fin está claro: a nivel de equipo, vencer en la competición de la que forma parte; y a nivel individual, perpetrar la mejor actuación posible. Parece sencillo, pero el proceso que conduce hasta ese estado mental es de una gran complejidad tal como refleja la siguiente imagen:

Generalmente, se habla de que la motivación viene movilizada por dos tipos de estímulos: internos y externos. Los estímulos internos son aquellos que vienen del interior del deportista y que acostumbran a estar relacionados con la autorrealización o el crecimiento personal. Los estímulos externos, en cambio, tienen relación con factores como el reconocimiento de los demás o la consecución de metas dentro de una competición. Lo adecuado siempre es lograr un buen equilibrio entre ambos tipos de estímulos, consiguiendo así que el deportista desee mejorar a diario o desarrollar nuevas habilidades y, a la vez, busque poner a prueba esa mejora en competiciones de alto nivel con el fin de obtener títulos o mejorar en sus condiciones económicas y sociales.

Por otro lado, estar motivado para lograr un fin concreto trata de contar con la energía necesaria y la determinación de utilizarla para lograr ese objetivo. Como decíamos, en el deporte, esta motivación suele sostenerse sobre dos motores: el personal, con la mejora continua del rendimiento, la estrategia o el conocimiento del deporte; y el grupal o de equipo, con la búsqueda de una meta en forma de títulos y victorias. La buena estrategia de un gestor deberá ir encaminada hacia conciliar ambos motores. Pero no es fácil. Ante situaciones difíciles como las asociadas a la competición de alto nivel, existen muchos factores que pueden acabar desmotivando al jugador: una autoestima baja causada por la comparación con otros jugadores, las dudas propias de la competición o la exposición al juicio público de seguidores y afición rival pueden desestabilizar por completo el rendimiento deportivo. Tal como decía Harter (1978), cuando una persona es competente en un deporte, esta situación promueve la autoeficacia y, al cabo, la motivación para ser más competente. En cambio, si los intentos por mejorar obtienen resultados negativos, la motivación será cada vez más baja hasta poder llevar a la persona a abandonar la práctica del deporte.

Porque motivación y emociones van de la mano, y una competición deportiva puede llevar a los jugadores a todo tipo de estados anímicos. Un jugador puede venirse abajo con la aparición de una lesión. Ante una derrota, cierto pesimismo podrá superarse con una meta a corto plazo como puede ser la de vencer el siguiente partido; ante un amplio conjunto de derrotas o la existencia de factores externos que perjudiquen la tranquilidad de los deportistas, el trabajo a realizar deberá ser de mayor calado. Aunque no siempre la desmotivación se debe a factores deportivos. Es difícil mantener altos niveles de motivación en un jugador cuando la exigencia es alta o existen factores externos que afectan a su estado anímico. De ahí la relevancia que desde hace tiempo tiene la figura del psicólogo en los equipos. Y, por supuesto, la del entrenador.

Entrenar lo mental para vencer en lo físico

En un deporte de equipo, el entrenador es el principal promotor de la motivación. De su personalidad y sus convicciones, su estilo de juego o filosofía personal dependerá no sólo el rendimiento deportivo de sus jugadores, sino también lo motivados que estén. Con ese fin, la comunicación se convierte en una herramienta indispensable. Sin lograr comunicar lo que se desea, no se puede estimular a los jugadores de la manera adecuada. No sólo por hacer llegar a los deportistas la relevancia de los principales puntos de motivación a nivel grupal, sino también, y podríamos decir que principalmente, por lograr que el jugador se sienta valorado y útil en la consecución de los éxitos del equipo. No olvidemos que no existe motivación sin emociones, y la autoestima es un factor esencial en este proceso. Tal como explican Black y Weiss (1992), el buen líder deportivo deberá ayudar a desarrollar la confianza de los deportistas a nivel individual, ya que esa confianza en sí mismos será proporcional a su motivación.

A pesar de la aparente variedad de estilos de entrenamiento, acostumbramos a hablar de dos tipos de entrenador: los comunicativos o colaboradores, y los autoritarios o autocráticos. Entrenadores del primer tipo acostumbran a tener un alto grado de implicación con la tarea a cumplir, lo que promueve altos grados de motivación, menores niveles de ansiedad en los jugadores y una sensación generalizada de disfrutar de los entrenamientos y de la experiencia como deportista. Además, suelen presentar una visión del juego que no depende tanto del resultado final. En cambio, el entrenador autoritario alude al ego y, con ello, genera más posibilidades de abandono, sea del equipo o del propio deporte. Como sucede en el ámbito empresarial, este tipo de gestores es cada vez menos común por acabar repercutiendo en una creciente insatisfacción del equipo y, con ello, en bajo rendimiento individual. Un entrenador que promueve la motivación debe fomentar una retroalimentación positiva, proponer objetivos que poco a poco aumenten en dificultad, o desarrollar y explicar los propósitos de cada tarea para que todo el equipo sea consciente de la necesidad de cumplirla. Además, debe estimular los vínculos sociales y el interés por el aprendizaje, promoviendo la comunión entre los miembros de esta pequeña familia.

En definitiva, conseguir que un deportista se muestre motivado ante situaciones difíciles implica un largo trabajo a distintos niveles interrelacionados entre sí. De nada sirve potenciar la autoconfianza si no existen vínculos entre los componentes de un equipo, de la misma forma que no sirve de nada que un equipo tenga enormes niveles de energía si no existe una figura capaz de dirigirlos hacia el fin que todos buscan. Un objetivo común que, a la vez, pasa por cumplir los objetivos individuales de cada jugador.

 

Jose Valenzuela

 

Bibliografía

Black, S.J. and Weiss, M.R. (1992) The Relationship among Perceived Coaching Behaviours, Perceptions of Ability and Motivation in Competitive Age-Group Swimmers. Journal of Sport and Exercise Psychology, 14, 309-325.

Harter, S. (1978). Effectance motivation reconsidered: Toward a developmental model. Human Development, 21(1), 34–64.

Palmero, F. (2000). El proceso motivacional en Palmero. Psicología de la motivación y la emoción. Madrid. McGraw-Hill, pp, 35-55.

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