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diciembre 7, 2021

Marketing, Comunicación y Management

Lecciones de Tokyo 2020 para la Sports Governance

By Martín Sacristán.

Los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 no solo quedarán para el recuerdo por la pandemia del coronavirus.  Han sido también los más caros de la historia, los de audiencia más baja, y los que han aumentado más el rechazo de nuevas ciudades a acogerlos. Aunque lo realmente novedoso fueron las arduas negociaciones para aplazarlos o cancelarlos, que han seguido desarrollándose hasta el último minuto. Toda una lección para la Sports Governance que ha dado más relevancia si cabe a los perfiles que se necesitan entre los expertos en la toma de decisiones.

¿Quién toma las decisiones?

Habitualmente se recomienda que cuatro estén presentes en la negociación:

  • el científico puro que únicamente atiende datos, que en este caso ha correspondido a los epidemiólogos,
  • el árbitro que media entre partes, que además precisa ciertas dotes diplomáticas en el caso del olimpismo, ya que una parte implicada son los gestores políticos de la ciudad y el país,
  • el perfil del defensor, y finalmente
  • el proveedor de alternativas, para encontrar una solución que satisfaga a todos.

El trabajo conjunto de todos ha hecho posible que se celebraran. El problema es que la ciudad de Tokyo ha acabado siendo el gran perdedor.

La sombra de la cancelación

El motivo es menos la pandemia que el modo en que se reparten los beneficios de los JJ.OO. Y que permite entender por qué las autoridades japonesas barajaron la cancelación desde el principio, la mantuvieron a un mes de la fecha de celebración. El Comité Olímpico Internacional, en cambio, presionó en contra desde el minuto uno. La ciudad sede recibe como ingresos directos la venta de entradas a los estadios y recintos, a lo que suma el consumo en hoteles y ocio de los visitantes que acuden a los juegos, más la aportación de los patrocinadores. El COI los derechos de emisión televisivos, en exclusiva, lo que salva su presupuesto incluso si los juegos se celebran sin público.

El 73% de los ingresos del comité olímpico corresponden a sus derechos de emisión en plataformas de televisión, radio, móvil e internet. En el ciclo 2013-2016 ingresaron 5.700 millones de dólares; la previsión para 2029-2032 es de 4.100, y por tanto, la cifra final de Tokyo 2020, cuando presente sus cuentas, no estará muy lejos de esas cantidades. La cancelación de los juegos hubiera supuesto un importante perjuicio económico, incluso la quiebra del COI, y el final del olimpismo.

Uno de los miembros más destacados del comité, Dick Pound, ha negado que fuera a ser así. Si Tokyo 2020 no se celebraba, las aseguradoras cubrirían sus ingresos, y ellos no tendrían ningún problema. Es cierto que se hubieran salvado de la quiebra, pero también que sus ingresos habrían descendido, y que la negociación de los derechos de televisión para las siguientes olimpiadas hubieran cotizado a la baja. Su mayor interés, por tanto, era celebrarlos, y presionó en ese sentido.

Miedo a un nuevo confinamiento

Japón, en cambio, temía acogerlos. Su temor era económico, pero no a la pérdida estimada por el Instituto de Investigación Nomura (INR), 15.964 millones de dólares, o los 20.000 que se estiman ahora como coste final. Lo que temían era que una fuerte ola de coronavirus obligara al país a un nuevo confinamiento, deteniendo otra vez la economía del país. Por eso en marzo se anunció que no habría visitantes extranjeros. En junio, con solo el 20% de su población vacunada, y la variante delta extendiéndose, los JJ.OO. se celebrarían sin público. Un primer rescate de 600 millones salvaría al comité organizador de la quiebra. Avisaron también de una posible cancelación.

Y es que los japoneses no podían estar más descontentos. El rechazo inicial del 47% de la población había subido hasta el 85%. Tanto es así que el principal patrocinador, Toyota, retiró su campaña de publicidad asociada con la competición y renunció a acudir a la ceremonia de inauguración. Y el primer ministro Yoshihide Suga está en su índice más bajo de popularidad, a lo que ha contribuido su apuesta personal por celebrar Tokyo 2020.

El problema actual del olimpismo

Pero no solo se ha producido un daño para Japón, sino otro reputacional para el olimpismo. Desde Londres 2012 cada vez menos ciudades quieren ser sede, pues consideran que los costes de inversión no los compensa ni el legado que dejan las infraestructuras ni la promoción de la ciudad ante el mundo. Hoy las críticas aumentan, fijándose en la alta factura de Tokyo 2020, pero sobre todo en el COI, que sí ha salido beneficiado. Ni siquiera la medida inédita que han tomado, aportar más de mil millones para ayudar al comité organizador, ha ayudado al daño a su imagen.

El interés del público también decae. El nivel de audiencia ha sido bajísimo, y lo único que se ha hecho viral en redes han sido los vídeos de atletas saltando en sus camas de cartón, en la villa olímpica. Y ello porque se difundió el bulo de que las autoridades japonesas las habían hecho así para evitar los encuentros sexuales.

No es el olimpismo el que falla,  los principios de la Carta Olímpica siguen siendo válidos. Asociar deporte con cultura y formación para crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, y favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana. Es el modelo de gestión, y no los principios que rigen las olimpiadas, lo que hace falta revisar. Todo un reto para la Sports Governace.

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