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March 8, 2021

La deuda histórica con el fútbol femenino

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El 26 de diciembre de 1920, el estadio Goodison Park de Liverpool acogió un partido de la liga inglesa de fútbol femenino. Las gradas albergaron nada menos que a cincuenta y tres mil espectadores reunidos para ver el enfrentamiento entre el el St. Helen Ladies y el Dick Kerr Ladies F.C.

Varios miles de personas se quedaron en la calle por falta de entradas, fenómeno inédito en el Goodison Park. El estadio era escenario habitual de los partidos del equipo masculino del Everton, pero este no había conseguido llenar el campo en toda la temporada. El mejor registro de taquilla del Everton había sido superado en catorce mil espectadores por el Dick Kerr Ladies F.C. Ni siquiera era la primera vez que el fútbol femenino atraía multitudes o superaba el poder de convocatoria del fútbol masculino. Por aquel entonces, solamente en Inglaterra, existían ciento cincuenta equipos femeninos. El Dick Kerr Ladies era el más exitoso de todos ellos. Había sido formado durante la I Guerra Mundial por las trabajadoras de una fábrica de munición, quienes habían empezado a involucrarse en los partidos informales que sus compañeros varones disputaban durante los descansos y la hora de comer en una explanada contigua a la factoría. Un día organizaron un partido en el que las mujeres se enfrentaban a los varones; ellas ganaron y de ahí surgió la idea de formar un nuevo equipo que participase en competiciones. El Dick Kerr Ladies llegó a gozar de tal prestigio que, además de convertirse en la columna vertebral de la selección inglesa, fue el primer equipo femenino inglés que realizó una gira internacional de exhibiciones. También fue, por cierto, uno de los equipos pioneros en cuestiones de vestimenta, pues sus jugadoras llevaban pantalones cortos desafiando una convención social que pretendía imponerles prendas mucho más «pudorosas» y, por supuesto, mucho más incómodas para la práctica del deporte. En el equipo, además, militaba la mayor estrella del fútbol femenino de la época, la legendaria Lily Parr. Hija de un trabajador de la industria del vidrio, Parr jugaba en la posición de extremo izquierdo y era famosa por su potente pegada, además de por su marcada personalidad.

Los equipos masculinos y la propia F.A., la asociación inglesa de fútbol, empezaron a recelar del auge del fútbol femenino, pensando que constituía una amenaza. En vez de fomentar una competencia justa o buscar la complementariedad entre ambas ligas ─por ejemplo, organizando jornadas conjuntas con sesiones de doble partido─, la federación inglesa optó por una política restrictiva. En 1921, meses después del llenazo de Goodison Park, la F.A. prohibió la celebración de competiciones profesionales femeninas. El pretexto, que aquí recogemos literalmente del comunicado oficial, decía así: the game of football is quite unsuitable for females and ought not to be encouraged («el juego del fútbol es muy inadecuado para las mujeres y no debería ser alentado»).  La prohibición duraría cincuenta años y supuso el declive del fútbol femenino inglés que se había convertido en un modelo a seguir, pero que se descompuso cuando sus competiciones oficiales fueron proscritas.

Mientras tanto, el fútbol femenino floreció en otros países donde las federaciones locales no secundaron la prohibición. Durante los años treinta, Francia e Italia fundaron sus propias ligas. Alemania lo hizo en los años cincuenta. En 1957 se celebró la primera copa entre equipos europeos, aunque todavía con carácter oficioso. En 1970 ya había en el mundo más de treinta países con competiciones femeninas reconocidas por las respectivas federaciones. En 1971, por fin, la F.A. levantó el veto competitivo, pero el fútbol femenino inglés antaño floreciente y bien encaminado hacia una completa profesionalización había sufrido un daño que llevaría varias décadas más empezar a reparar. La federación inglesa ni siquiera propuso un plan de recuperación hasta 1997; incluso con ese plan ya vigente, no se pudo refundar una liga femenina hasta el año 2011. Y no por falta de practicantes, pues en 2011 el número de mujeres y niñas inglesas que jugaban al fútbol con regularidad se acercaba a los dos millones y medio.

El caso inglés fue extremo, pues su fútbol femenino pasó del éxito fulgurante a la prohibición repentina, pero incluso en países más tolerantes las competiciones femeninas han volado casi siempre bajo el radar. El veto de Inglaterra dañó la imagen del fútbol femenino y en muchos ámbitos culturales la práctica del fútbol empezó a ser vista como una actividad eminentemente masculina ya fuese en la infancia como juego, en la adolescencia como actividad extraescolar, o en el ámbito deportivo profesional. Este prejuicio ha llegado a estar muy extendido, aunque carece de cualquier fundamento histórico, pues los partidos de fútbol entre mujeres eran ya mencionados en crónicas de finales del siglo XVIII. En el Reino Unido, cuna del fútbol moderno, las mujeres se aficionaron al juego con el mismo entusiasmo que los hombres y mucho antes de que equipos como el Dick Kerr Ladies fuesen siquiera fundados. Ya en 1863, se introdujeron normas especialmente pensadas para que las mujeres no sufrieran daño físico, lo cual no solo refleja la mentalidad decimonónica que juzgaba a la mujer como un ente frágil y necesitado de constante protección, sino que demuestra, más allá de toda duda, que el fútbol femenino estaba ya bien extendido en la segunda mitad del siglo XIX. Es más, el partido femenino más antiguo del que todavía se conserva la ficha y la documentación completa tuvo lugar en Escocia en 1892. El fútbol femenino inglés, que debería haber ejercido como la punta de lanza del fútbol femenino internacional, fue coartado oficialmente durante medio siglo. Y extraoficialmente ignorado durante casi medio siglo más.

El fútbol, suele decirse, es el más democrático de los deportes de equipo. Millones de aficionados lo practican alrededor del mundo porque es un juego que no requiere dinero ni una preparación especial. Para muchos niños que proceden de países pobres o de barrios sin instalaciones deportivas es una opción muy asequible de ocio y ejercicio. Si no disponen de balón, les basta una pelota confeccionada artesanalmente con casi cualquier tipo de material desechable y una superficie que no necesita ser lisa ni estar sometida a cuidados. Algunos grandes futbolistas aprendieron los fundamentos de su oficio jugando en calles polvorientas, barrizales y solares abandonados. Como espectáculo, el fútbol es muy dinámico; se disputa sin grandes interrupciones. Es fácil de seguir de manera visual, pues funciona mediante reglas sencillas que cualquiera puede aprender rápidamente para disfrutar contemplando un partido. El fútbol es para todo el mundo.

Y, sin embargo, la mitad de la población se vio artificialmente excluida de su primera línea. No existe motivo por el que las niñas y las adolescentes no puedan formar parte de esa legión de practicantes. Una ilustrativa demostración nos llega precisamente desde uno de los países que consideramos menos futboleros: los Estados Unidos. Allí, todo el deporte de base cuenta con una sólida red escolar y universitaria, pero el fútbol nunca fue un deporte popular entre los alumnos varones. Los deportes que siempre atrajeron a la inmensa mayoría de los practicantes masculinos fueron el llamado «fútbol americano», el béisbol y el baloncesto, los mismos que gozaban de popularidad mediática e impacto social entre los espectadores adultos. Por el contrario, el fútbol europeo (o, como allí lo llaman, soccer) solía ser visto como un deporte eminentemente femenino. Sobre todo en el ámbito escolar y juvenil, muchas niñas y adolescentes lo practicaban con total naturalidad. En los Estados Unidos era muy habitual la imagen de colegialas jugando al soccer, formando equipos y participando en competiciones sin que nadie se cuestionase la idoneidad de esas prácticas. Esta curiosa inversión de los estereotipos sobre el fútbol demostraba que los prejuicios de género dependen por completo de una visión subjetiva que varía según el contexto cultural y geográfico, y que no está fundamentada en criterios biológicos, psicológicos o deportivos. Las niñas estadounidenses, si se les ofrecía la oportunidad, jugaban al fútbol y lo disfrutaban tanto como los niños varones de otras partes del mundo. La afición por el fútbol no es, pues, una cuestión de preferencia innata. No se trata de que a las niñas europeas, latinoamericanas, africanas o asiáticas no les pudiese gustar el fútbol como sí les gustaba a las niñas estadounidenses; la cuestión podía resumirse simplemente diciendo que, sobre todo después de las prohibiciones británicas, se empezó a dar por hecho que ese juego no les pertenecía.

Una concatenación de fenómenos sociales empezó a cuestionar estos prejuicios. En los Estados Unidos, fue la inmigración ─en especial la de origen latinoamericano─ la que estimuló un progresivo acercamiento hacia un deporte que había sido ignorado; los estadounidenses empezaron a prestar cierta atención a las competiciones internacionales, como el Mundial, en las que participaba su selección nacional. Esto, en otros tiempos, hubiese sido impensable. Y, como es lógico, la robusta organización de base del fútbol femenino estadounidense se convirtió en una inesperada referencia para el fútbol masculino estadounidense, pues las selecciones masculinas estaban, pese a su visible progreso, en situación de inferioridad con respecto a los equipos de potencias europeas o sudamericanas. En la competición femenina, sin embargo, las estadounidenses dominaban con una pasmosa facilidad. Las niñas que jugaban y entrenaban en los colegios e institutos se convirtieron en jugadoras formidables. Baste decir que el Mundial de fútbol femenino fue inaugurado en 1991 y que la selección estadounidense ha ganado cuatro de las ocho ediciones disputadas (de hecho, en ninguna edición han quedado fuera de las tres primeras posiciones). Tres estadounidenses han sido nombradas como mejor jugadora en distintas ediciones del Mundial y cuatro estadounidenses han lucido el galardón de máximas goleadoras. Los fantásticos logros del fútbol femenino estadounidense ponen de manifiesto que su salud no ha dependido tanto de la popularidad mediática de este deporte en aquella nación, que era prácticamente nula, sino del concienzudo cultivo de las categorías infantiles y juveniles. Los estadounidenses no eran aficionados al soccer, ni femenino ni masculino, pero fueron los programas formativos los que terminaron generando grandes generaciones de jugadoras que se impusieron a nivel internacional. Ese dominio también ha puesto de manifiesto que en los países europeos, que sí son eminentemente futboleros, ese cultivo de las bases femeninas había sido descuidado, por lo menos en comparación.

Con todo, no se debe restar importancia a la influencia que la atención mediática tiene sobre el desarrollo del deporte de base. Tomemos el ejemplo de España, donde se ha producido un fenómeno distinto al de Estados Unidos, pero en cierto modo paralelo: el incremento sustancial de mujeres aficionadas que siguen las ligas masculinas. El fútbol sí es omnipresente en los medios españoles y era de esperar que las espectadoras se multiplicasen. Un incremento de las mujeres aficionadas conduce a un incremento de las mujeres interesadas en jugar. Siguiendo la misma secuencia lógica, esto hace que crezca la atención prestada al fútbol femenino. Pero el apoyo de los medios no deja de ser importante. No hay que olvidar la importancia de la representación, del que las niñas puedan ver en acción a jugadoras femeninas que disputan ligas y mundiales, que meten goles y saltan de alegría, y que se puedan convertir en modelos de conducta. Los mismos modelos que existían hace más de cien años. Incluso desde el punto de vista económico, la competición femenina es todo un filón por redescubrir como resulta fácil comprobar investigando en las crónicas de principios del siglo XX.

Estos procesos de crecimiento del fútbol practicado por mujeres no son, o no únicamente, una simple consecuencia derivada del avance social de las mujeres. Es cierto que las mujeres han ganado peso en muchos ámbitos de la sociedad que antes les eran negados, pero ya había deportes que convirtieron a mujeres en estrellas, como el tenis, el atletismo, etc. La consolidación del fútbol femenino no debería ser etiquetada como un avance «nuevo», sino como la recuperación de un terreno que les fue arrebatado a las primeras jugadoras profesionales de éxito.

 

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