21 mayo, 2019

GETTING INTO THE GAME: LA EVIDENCIA DE QUE EL DEPORTE DE EQUIPO AYUDA AL DESARROLLO EN LA INFANCIA

Social Impact
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Sin distinguir naciones ni razas, la ilusión siempre aparece en los ojos de un niño cuando ve salir al campo a un jugador de su equipo. Esa emoción es tan especial porque en su corazón se siente identificado con el deportista, y quizá incluso aspira a ser como él, en el deporte o en la vida, algún día. Si ha nacido en un entorno favorecido, conseguirá que le regalen la camiseta de su equipo favorito con su nombre y colores, que vestirá como su prenda más especial. Sus padres reconocerán en ese regalo un estímulo beneficioso, lo mismo que por su participación en actividades deportivas y ligas escolares. Pero ¿qué ocurre cuando el entorno social o el familiar no puede facilitarle ese óptimo desarrollo?

Precisamente para dar respuesta a estas situaciones se han implantado en todo el mundo los programas S4D, deporte para el desarrollo, basados en que la práctica deportiva en la infancia mejora tanto los resultados educativos como las habilidades sociales. Dos ventajas fundamentales para niños en situaciones de exclusión o pobreza que sin embargo no contaban con una evidencia científica capaz de asegurar que esos resultados se conseguían. Ahora, gracias a una investigación abordada conjuntamente por la Fundación Barça y Unicef, disponemos no solo de pruebas sólidas sobre los beneficios de los programas S4D, sino de una serie de conclusiones que, reflejadas en el informe Getting into the game, evidencian sus fortalezas y debilidades, y abren la puerta a mejorarlos en su implantación y desarrollo.

El método de investigación ha cruzado los datos obtenidos por estos programas en todo el mundo durante la última década, la bibliografía publicada de calidad sobre ellos, y una serie de encuestas a los responsables que los desarrollan. Esa vocación universal ha permitido demostrar que niños y jóvenes de hasta 18 años, con independencia de su nación, raza o idioma, reciben su impacto positivo. Y ello en varias áreas fundamentales, comenzando por la educación.

 

Los programas S4D potencian el atractivo de la educación, pero no está claro cómo pueden además mejorar el rendimiento académico.

Allí donde se consigue es por haber puesto el foco de atención en los educadores y en las partes interesadas a nivel local. Los educadores participan en la identificación y resolución de problemas, son reclutados y formados en base a criterios de calidad, y se les ofrecen buenas condiciones laborales. Las familias, comunidades y escuelas, por su parte, participan activamente. Cuando ambas condiciones no se cumplen, los materiales de aprendizaje no se corresponden con las necesidades reales, la formación de los educadores no es la adecuada, y el acoso escolar se repite en el propio programa. Tampoco funcionan si se persiguen múltiples objetivos, o si no se define cómo el deporte contribuirá al logro de resultados académicos.

Un ejemplo es Mysa Academy en Kenia, que gestiona 1.800 equipos de fútbol dirigidos a niños y niñas en edad escolar, algo fundamental en un país de familias mayoritariamente pobres con un sistema educativo exclusivamente de pago. Para facilitar su participación tienen que resolver necesidades concretas de los niños, como sustituirles mientras entrenan en el cuidado de hermanos que aún son bebés. Pero a la vez se les exige por participar un servicio en beneficio de la comunidad, concretamente la limpieza de residuos y el fomento de la higiene, algo vital en el control de las enfermedades en aquel país.

 

Los S4D aumentan el sentido de pertenencia al grupo social e integran a los marginados, aunque pueden ser también una barrera para la inclusión.

 

Los deportes de equipo facilitan la integración si se centran en el desarrollo de habilidades sociales, la reducción de las desigualdades económicas y el empoderamiento de las niñas. En el caso de los grupos marginados, disponer de espacios seguros donde reunirse, relacionarse y participar en la vida social acaba integrándoles. Pero a la vez las culturas deportivas tradicionales que excluyen al género femenino, o a jóvenes LGBTQi; las familias marginales que rechazan el deporte como práctica por no generar ingresos inmediatos; y la cercanía o accesibilidad de las instalaciones pueden suponer barreras importantes.

Este punto puede ilustrarlo el programa FutbolNet de la Fundación Barça, que trata de integrar en Líbano a los niños sirios cuyas familias son refugiados que huyeron de la guerra. Sus entrenadores han tenido que enfrentar el rechazo de los chicos a jugar contra chicas, el de los padres libaneses a que sus hijos se relacionaran con niños de otras nacionalidades, y el de las familias a que las niñas jugaran al fútbol. Pero una vez superadas las barreras, a los niños les ha asombrado descubrir que tienen muchas cosas en común, sin importar dónde hayan nacido, o con qué sexo. Incluso han rebautizado a las entrenadoras femeninas del programa como “las superheroínas”.

 

Se ha sobrevalorado la capacidad del deporte ayuda en la protección de la infancia.

 Lo que no quiere decir que no tenga un efecto positivo en la reducción de la violencia y de sus conductas de riesgo. Tener un espacio de entrenamiento seguro, aprender a solucionar conflictos mediante el juego limpio, y ver en el entrenador un modelo de conducta, son las aportaciones positivas. Pero difícilmente todo ello puede imponerse sobre las normas sociales, los prejuicios, o la cultura violenta de ciertas sociedades y sectores sociales. Especialmente en familias que participan en conductas delictivas o en zonas de conflicto bélico. Sobre todo faltan evidencias de que el deporte contribuya a reducir la explotación o el abuso contra los niños. 

Un caso revelador es el de los centros Amandla en Sudáfrica, focalizados en actividades extraescolares, concebidos como espacios seguros y que cuentan con trabajadores sociales. Muchos de sus entrenadores han sido delincuentes armados, que abandonaron las pistolas para explicar a chicos más jóvenes que existen otras opciones. Pese a ello, a veces las bandas acaban presionando lo suficiente como para que esos niños se integren en ellas, abandonando el deporte.

 

Promueven el empoderamiento, pero se anula su capacidad si se hace demasiado hincapié en eliminar las diferencias.

El empoderamiento está considerado en el informe desde la perspectiva individual, grupal y comunitaria. Se consigue cuando los programas persiguen la autonomía del niño, su autodisciplina y autocontrol, para que además, mediante el dominio de una habilidad deportiva, adquiera mejor imagen de sí mismo. El deporte de equipo refuerza también los vínculos y relaciones de afecto con el grupo -el equipo- y con la familia. Y la participación grupal de las familias promueve el orgullo local, mejorando su desarrollo sostenible. Ahora bien, los retos a superar en el empoderamiento son la excesiva importancia otorgada al modelo de déficit, que hace demasiado hincapié en hacer iguales a todos los niños; la oposición de los adultos a que los niños participen en actividades consideradas de mayores; y la falta de un consenso para medir el empoderamiento, y para orientar a los programas hacia él.

En Chile, Perú, Ecuador, Haití, México, Paraguay y Kenia la ONG Fútbol Más  capacita a vecinos en los barrios de las ciudades, con el objetivo de que se impliquen junto a los formadores en los programas S4D. Una vez conseguida su plena participación, el personal de la organización se retira, y la estructura continúa trabajando con los líderes locales, que se han empoderado, junto a los niños, para seguir prestando este servicio a su comunidad.

La investigación no termina aquí, y su segunda fase ya ha comenzado a abordarse en 2019. Esta vez sus objetivos son poner a prueba las conclusiones de la primera fase, realizar consultas a jóvenes, expertos en S4D y partes interesadas en ellos, y plasmar todos esos conocimientos en políticas, prácticas y recomendaciones viables dirigidas a profesionales. Todo ello, porque la alianza entre la Fundación Barça y Unicef, en colaboración con la Oficina de Investigaciones Innocenti, persigue que los profesionales y los encargados de formular políticas para satisfacer las necesidades de los niños con que trabajan, puedan hacerlo con mayor eficacia y garantías.

El informe completo en inglés y español puede descargarse aquí.  

 

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