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8 marzo, 2021

Deporte blanco o Blacks Live Matter: ¿cabe la reivindicación en las competiciones?

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Fue noticia en junio, y supuso un cambio radical de actitud en quien había sido una de las figuras con más éxito comercial del deporte: Michael Jordan. Anunció que su marca Jordan, donaría 100 millones de dólares en diez años a las organizaciones que luchen contra el racismo. Nike, como fabricante, aportaba otros 40 millones. Parece un movimiento lógico para conectar con su público en 2020, el año en que más repercusión tuvieron las manifestaciones antirracistas del movimiento Black Lives Matter. Pero también fue insólito en Jordan, un deportista que siempre había defendido que el deporte no debía asociarse a ninguna ideología, y menos aún a una que pudiera tener repercusión política. La ropa deportiva, y las entradas a los encuentros, podían comprarlas igual progresistas que conservadores, y no había porqué ahuyentar de las gradas, ni de las tiendas, a ninguno de los dos. Ahora la pregunta es si este principio sigue vigente en el deporte mundial.

Jordan no había hecho nada revolucionario. Tan solo se sumaba a una dinámica iniciada por las grandes ligas. Adam Smith, comisionado de la NBA, anunció en junio, junto con sus equipos y jugadores, que la liga trabajaría activamente en su lucha contra la desigualdad racial, y por el acceso de las minorías a la educación. Le siguió la NFL, en un llamativo cambio de postura, pues apenas un par de años antes los directivos de sus equipos se habían puesto de acuerdo extraoficialmente para no renovar ni contratar a Colin Kaepernick. Este jugador negro acostumbraba a echar una rodilla a tierra antes de los partidos, un acto de protesta contra los abusos a que es sometida la comunidad negra en EEUU. De pronto el comisionado de la NFL Roger Goodell admitía que habían hecho mal no escuchando las reivindicaciones de sus deportistas, y que “condenaba la opresión sistemática de los negros”. La liga de béisbol, aunque de forma menos contundente, también acabó por seguir esta tendencia.

Este cambio es una adaptación a las demandas de la sociedad y de los aficionados, que las marcas identificaron antes que las propias ligas. En 2018, y celebrando los 30 años de su famoso eslogan “Just Do It”, Nike lanzó una campaña en que le añadía una foto de Kaepernick y esta frase “Cree en algo. Incluso si eso significa sacrificarlo todo. Solo hazlo”. El efecto inmediato fue una caída en bolsa de las acciones de la compañía, pero también recuperó el liderazgo de marca frente a la competencia. Nike sentaba las bases de que la actitud de un deportista fuera del terreno de juego es tan importante para una marca como sus éxitos dentro del mismo, y que una empresa actual no puede dejar de implicarse en las causas sociales. Dos años después nadie cuestiona este principio en el deporte mundial. Ni siquiera la NFL, una parte de cuyos fans se sintieron realmente molestos por la campaña, e hicieron circular un eslogan alternativo, JustBurnIt. La liga, en cambio, acababa de firmar un contrato de patrocinio con Nike por mil millones de dólares hasta 2028.

Como patrocinadores, las marcas influyen en el deporte, y viceversa. Pero es el público quien decide en última instancia qué quiere ver en la competición. El aficionado de hoy sigue queriendo sentirse afín con los colores de los equipos, de las ligas, y con los valores de la competición dentro y fuera del campo de juego. Para las nuevas generaciones esos valores deben incluir las causas sociales en que ellos mismos se implican, y la no discriminación por raza es solo una de ellas, igual que la protección del medioambiente, por citar otra. Los estadounidenses están liderando un cambio del que dependerá el engagement con el público más joven, y que de manera menos intensa también está ocurriendo en el fútbol europeo.

No es un deporte en que falten problemas de racismo, y tampoco eso ha sido ignorado por sus organismos rectores. La FIFA, que llevaba quince años sin cambiar sus medidas contra el racismo, las actualizó en 2019, endureciéndolas. Sus duras sanciones no están impidiendo que ocurran casos graves, incluso ahora que los partidos se juegan sin público. En diciembre del año pasado, durante el partido Paris Saint-Germain – Istanbul Basaksehir los futbolistas de ambos equipos decidieron no seguir jugando. El cuarto árbitro había lanzado un insulto racista al camerunés Pierre Webó, asistente técnico del cuadro turco. Este tipo de incidentes siempre habían venido de las gradas, y que aparezcan además entre el equipo técnico o el del arbitraje evidencian la magnitud del problema. Además del interés de los jugadores y de los máximos órganos rectores en combatirla, la UEFA y el Parlamento Europeo manifestaron el diciembre pasado que ambos organismos “tienen una visión compartida desde hace mucho tiempo del fútbol europeo como una fuerza para el bien”.

Fuerza para el bien, apoyo contra el racismo: la pregunta sobre si el deporte puede seguir siendo blanco a partir de 2021, y desconectado de cualquier preocupación de la sociedad en que se desarrolla ya ha sido respondida. Antes de que acabe la pandemia y los estadios regresen a la normalidad, todos, equipos y ligas, habrán tenido que tomar posiciones pensando no solo en su propio país, sino en los aficionados de razas, países y culturas que repartidos por todo el mundo siguen sus encuentros. Porque de ello depende también que sus aficionados continúen teniendo la competición deportiva como una de sus prioridades de ocio.

 

Martín Sacristán 

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